Dentro de la esfera psicológica, existen constructos como la
Sobre el origen del término Síndrome de Princesa
Atendiendo a la historia del cuento original (otorgado a Mizutani Masaru) y popularizado por el fenómeno Walt Disney, en 1950, la protagonista de la historia presenta a una mujer bella, frágil y vulnerable, acostumbrada a una vida de sirvienta sin posibilidad de proyección personal, tampoco profesional, hasta la llegada de un príncipe, el encargado de sacar a Cenicienta de la vida atribulada a la que parecía estar predestinada. Un hombre soñado que surge de la nada a lomos de un corcel para proteger a su damisela en apuros y vivir felices para siempre.
Un argumento muy recurrente que la escritora estadounidense Colette Dowling recogió en su libro The Cinderella Complex: Women’s Hidden Fear of Independence, escrito en 1981, y convertido en una de las superventas más recordadas de The New York Times. La razón no fue otra que la crítica voraz, objetiva y razonada del cuento. En su discurso, Dowling crea el término ‘Síndrome de Cenicienta’ en su intento de definir a las mujeres que, motivadas por un deseo inconsciente de ser cuidadas, terminan viviendo una vida al margen de su propia persona.
La autora, que recoge en su relato a todas aquellas mujeres que viven a la espera de encontrar un hombre que mejore su situación vital, entiende que esta realidad puede ser consecuencia del miedo a ser independiente, de manera total o parcial. Y anticipa que esto puede justificarse por temor a responsabilizarse de sí mismas o por la necesidad psicológica de ser protegidas.
Son muchas las preguntas que surgen tras la lectura de Dowling. Una de ellas, la más obligada: ¿por qué criticar el caso de Cenicienta cuando el resto de princesas Disney comparten un perfil similar? En su relato, la escritora pone de manifiesto que de todas ellas, esta princesa es la que mejor expresa la idea de que la feminidad debe poseer inocencia, belleza y resignación, pero nunca independencia. Sólo la intervención de un hada madrina y un príncipe azul son capaces de alterar su modus vivendi.
El Síndrome de Cenicienta cuenta con una característica básica según su autora, experta en psicoterapia por la Universidad de Nueva York: el deseo inconsciente de ser cuidadas, rescatadas y atendidas por otras personas, la mayoría de las veces por la figura masculina que tienen al lado, a nivel sentimental. Un rasgo de la forma de ser de estas mujeres que se puede explicar por varios factores, siendo el primero de ellos el modelo de crianza recibido.
Otras razones tiene que ver con las reglas sociales, o presiones de la sociedad, que llevan a las mujeres a sentirse de esta manera. Los convencionalismos culturales, históricos y laborales asentados en el heteropatriarcado siguen alimentando actitudes y formas de entender la vida poco recomendables para la autorrealización personal, en este caso, femenina.
La combinación de los roles de género que se derivan de esos polarizados comportamientos de hombres y mujeres crea, entre otros complejos, el anteriormente citado. El Síndrome de Cenicienta no es un enfermedad mental. No se trata de un trastorno ni su referencia se recoge en la psicología clínica ni en la psiquiatría, sólo son patrones de conducta derivados de estereotipos asentados a lo largo del tiempo.
Conceptualizando el Síndrome de Princesa
Desde el ángulo de la psicología, el síndrome de la princesa o Cenicienta surge en aquellas personas que suelen tenerle miedo a la independencia. Resulta que muchas mujeres se identifican con este personaje de Disney y el famoso príncipe azul que viene "al rescate" de su vida.
Carácter clínico: El término no es un diagnóstico médico, ni psicológico reconocido, ni tampoco un trastorno mental oficial reconocido en los manuales diagnósticos de salud mental como el DSM, y se usa informalmente en los medios de comunicación y en el lenguaje cotidiano. En algunos contextos, se puede aplicar un término similar a los hombres, a quienes a veces se les describe como personas con "enfermedad de príncipe", aunque este uso es menos común.
El síndrome de la princesa o Cenicienta es un fenómeno psicológico, que hace que las mujeres valoren sus vidas dependiendo de una figura protectora, por ejemplo una pareja. Este complejo genera que la persona crea que la aparición de un hombre le da sentido a su vida.
Se manifiesta a edades tempranas
El Síndrome de la Princesa es una actitud que algunos padres, con la mejor de las intenciones, sin duda, inculcan en sus hijas. Lo hacen mediante etiquetas como "princesa", "diosa", "diva" o incluso la palabra "especial". Es mucho más saludable permitir que su hija sea consciente de que nadie es mejor ni peor que nadie. Términos como Princesa, Diosa y Diva las predisponen a relaciones caóticas y a una autoestima que depende de su apariencia y privilegios. También las predisponen a la prepotencia, el narcisismo y las expectativas poco realistas de que merecen un trato "real".
La etiología del «síndrome de princesa» se encuentra en muchos ámbitos. Entre ellos se incluyen los cuentos de hadas, las novelas románticas, las comedias románticas y los mensajes de los medios de comunicación. Y, de nuevo, en padres bienintencionados que, muy probablemente, desean para sus hijas un futuro mejor del que ellos tuvieron. Pero les arrebatan a sus hijas la valiosa lección de vida de que todos somos iguales. Es una actitud sexista que fomenta la creencia de que el valor de las mujeres reside en su juventud, belleza y sexualidad. Que necesitan ser rescatadas por un «príncipe azul», o de lo contrario son criaturas indefensas.
Según la psicóloga Jennifer L. Hartstein, una niña que tiene síndrome de princesa suele ver la vida especialmente de color rosa, como si estuviera en un cuento de hadas. Regularmente, las mujeres que presentan este síndrome, se obsesionan con su físico, se centran en las cosas bonitas y bellas a simple vista, y son superficiales.
La idea de que un hermoso caballero con su armadura y a caballo vendrá a salvarlas para darles el beso que las despierte de un gran sueño (como Blanca Nieves) o dejen de ser desdichadas y pasarse la vida trapeando el piso (como Cenicienta), puede ser muy bonito en la imaginación, pero en la realidad esto puede generar un gran conflicto.
Este síndrome es común en niños y adolescentes, ya que se origina por muchos de los mensajes que se ven en películas, caricaturas, series y redes sociales.
Además, se presenta la falsa idea que ser princesa es la mejor y única forma de ser. También, se le da una perspectiva errónea sobre el derecho de tener todo lo que se quiere y ser siempre la número uno.
Como padres, también podemos cometer el error de fomentar la idea de que siempre tendrán a un rescatista que las salvará de cualquier situación. Es difícil no acudir a ayudar inmediatamente a nuestros hijas, pero es vital observar cuando es momento de dejarlas crecer y ayudarlas a creer que ellas tienen el poder de conseguir lo que quieren si lo trabajan.
Si hacemos de todo para resolverle la vida, podemos hacerle más daño, pues reforzamos un patrón de no ser autosuficiente. Una pequeña con con el síndrome de la princesa puede convertirse en una joven con una alta dependencia en los demás y con la errónea idea de que el mundo hará todo lo que a ella se le antoje.
Por eso, cría hijos e hijas que sean capaces de alcanzar sus metas y cumplir sus sueños, que en el futuro aspiren a disfrutar de una relación de pareja saludable y equilibrada. Ayúdalos a desarrollar sus propias ideas sobre lo que significa ser fuerte, independiente y seguros. Enséñales a no preocuparse en exceso sobre su apariencia y no dejarse influenciar por los demás.¡Te lo agradecerán!
Las historias Disney y el Síndrome de Princesa
El “maravilloso Mundo de Disney” ha sido creado por la cadena Disney a partir de sus diferentes producciones cinematográficas. Durante muchos años, sus películas han sido un referente para los más pequeños, invitándolos a soñar en grande y vivir una vida de ilusión y fantasía. Especialmente, el público femenino se ha visto influenciado por las conocidas Princesas Disney, quienes han funcionado como estereotipos que posibilitan respuesta respecto a qué se espera de una mujer.
Inicialmente, las princesas clásicas de Disney eran enmarcadas en la necesidad de encontrar un príncipe para ser salvadas. Por ejemplo, Blancanieves muere y es rescatada a partir de un beso de amor de un príncipe. Por otro lado, La Cenicienta y Aurora se dedicaban a las tareas domésticas, escapando de su realidad a través de ensoñaciones y fantasías en las que un conocen el amor de un hombre. Aquellos clásicos proponen modelos femeninos a la espera de un gran amor que modifique su situación actual.
Posteriormente, historias como las de Pocahontas, Mulán o Frozen, suponen una modificación respecto a los parámetros iniciales. Estas nuevas películas se enfocan en mostrar que una mujer puede tener otros intereses, más allá del amor de la pareja y que son capaces por sí mismas. Sin embargo, muchas personas han quedado ancladas con los personajes propuestos por Disney en los años 60. Por tanto, cuando una mujer aspira a vivir una relación idealizada en la que desea ser salvada y protegida por un príncipe azul, se conoce como “Síndrome de Princesa”.
Pero por qué Cenicienta
La historia de Cenicienta cuenta que ella era una sirvienta en la casa de princesas y su vida cambia por completo gracias a su hada madrina y a un príncipe azul. Con esa figura masculina ella pudo cambiar su vida por completo y convertirse en una princesa.
Demuestra en todos los aspectos que es una mujer dependiente y que gracias a una figura protectora, en este caso su “príncipe azul”, pudo lograr lo que quería.
Características del síndrome de la princesa
Dependencia emocional
La dependencia emocional es un patrón que se presenta cuando hay necesidades emocionales que no son satisfechas y se cubren con otras personas. Es un anhelo de recibir afecto de otra persona para sentirse bien y se puede presentar de distintas formas como:
- Relaciones basadas en la sumisión y la subordinación. Son vínculos donde uno manda y el otro obedece.
- Hay una necesidad excesiva de compartir y estar con la otra persona, es un deseo de tener acceso constante.
- Se produce sufrimiento si la otra persona no está disponible o tiene formas de demostrar afecto distintas.
- Necesitar aprobación constante de la pareja.
- Se pueden desarrollar comportamientos controladores por miedo a perder la pareja.
- Tener miedo a perder la pareja.
Idealizar la figura masculina
Esto es exagerar lo positivo o las virtudes que tiene el sexo opuesto, sin importar las cosas malas que puedan tener, dándole el valor de “perfección”. Cuando una persona idealiza a otra suele aparecer el sentimiento de inferioridad. Las películas de princesas generaron expectativas en las mujeres que esperan encontrar el hombre perfecto cumpliendo sus exigencias y deseos.
Baja autoestima
Las mujeres que padecen este síndrome creen que no son suficientes para nadie, y que no son capaces de hacer ni lograr nada sin una figura protectora al lado.
Idealización, dependencia y roles de género en la pareja
Lamentablemente, modelo de pareja en que la mujer que se queda en casa esperando por un hombre protector no queda solo en las películas. De hecho, los roles de género en una relación de noviazgo se constituyen desde el hogar, condicionados por las familias. Así, la sociedad atribuye variables comportamentales, sentimentales y de pensamiento propias de hombres o de mujeres. En este sentido, la cultura tiende a ubicar a la mujer en una posición pasiva, sumisa y dependiente.
La dependencia emocional puede verse como un aferramiento excesivo, baja autoestima, baja tolerancia a la soledad y la tendencia a llevar relaciones de pareja poco equilibradas. En general, los sujetos que se vinculan de esa forma suelen tener importantes miedos e inseguridades que influyen en el modo de interpretar el mundo y de relacionarse. Principalmente, el origen de estos comportamientos se asocia a un apego inseguro en la infancia, por lo que el primer cuidador no le proporcionó sensaciones de tranquilidad, seguridad autorrealización y placer. Por lo tanto, cuando finalmente se encuentra una pareja, la persona cree que es incapaz de ser feliz sin el apego emocional de dicho vínculo.
Esta forma de hacer vida en pareja representa un problema para quien tiene el “Síndrome de Princesa”, pues muestra una necesidad de aprobación constante y se anula como sujeto para evitar perder al otro. Pero, el otro miembro de la pareja se ve idealizado constantemente, debe encajar con los parámetros de una ilusión. Por ende, pueden vivirse muchas presiones ocasionadas por la persona con “Síndrome de Princesa”, que suele presentar expectativas poco realistas respecto a la pareja; quien debería encajar con el estereotipo de príncipe de cuentos de hadas.
Construyendo relaciones de pareja sanas
Tomando en cuenta lo que se ha planteado acerca del “Síndrome de Princesa”, la asunción de cierta postura en un vínculo romántico es totalmente válido. De hecho, todos tenemos expectativas respecto a lo que queremos en nuestras relaciones. Sin embargo, el problema deviene en cuanto el sujeto se vuelve ineficiente en resolver sus problemas y depende de una figura protectora.
Por lo general, las mujeres con Síndrome de Princesa muestran baja tolerancia al sufrimiento y la frustración, temor a lo desconocido y se ilusionan con la permanencia de los vínculos. Realmente, este tipo de personas no están preparadas para afrontar los desafíos propios de la vida cotidiana y no estarían dispuestas a aceptar los fallos y la humanidad de una pareja. Por ende, prefieren aferrarse a un mundo de fantasía en el que sus vínculos llenarían una falta que es individual.
Por otro lado, el bienestar en una pareja proviene de haber construido una relación sustentada en la confianza, el afecto y la estabilidad emocional. Para ello, se requiere adaptarse al otro individuo, conocerlo y crear espacios de intimidad en los que hay costes energéticos y emocionales.
Una pareja sana permite el disfrute y la satisfacción a través del respeto y la libertad de sus miembros. Por tanto, es recomendable una persona con el Síndrome de Princesa asista a terapia psicológica con el fin explorar sus recursos personales y aquellos aspectos que le satisfacen de sí. Posteriormente, podrá comenzar a valorar a su pareja desde sus cualidades verdaderas, más allá de una imagen idealizada.
